El síndrome de Estocolmo español. Fernando VII sigue vivo y tiene escaño en el Congreso de los Diputados (I).

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En el colegio nos suelen explicar que un buen día en el s. XVIII, unos franceses locos, cansados de sufrir los abusos del poder y las tropelías del absolutismo monárquico, tuvieron la ocurrencia de iniciar una revolución e implantar la moda de la guillotina y el corte de cabezas, e incluso llegaron a guillotinar a su Rey Luis XVI, y pensaron que para evitar los abusos y errores que se habían cometido durante tanto tiempo era mejor que el poder no estuviera concentrado en un único estamento –el rey-, y que para ello era preferible que el mismo estuviera separado, así que lo dividieron en los tres poderes que todos conocemos, esto es, ejecutivo, legislativo y judicial, de manera que dichos poderes se controlarían los unos a los otros a partir de ese momento para evitar los abusos y corrupción que parecían endémicos hasta entonces.

Regueros de sangre encharcaban las calles y llegaban al Sena, hubieron miles de muertos, y fue entonces cuando esos bonitos principios liberales de “Liberté, egalité, fraternité” corrieron como la pólvora y se extendieron por todo Occidente, llegando a España e incluso cruzando el charco hasta América, surgiendo así lo que se conoce como liberalismo, del cual hacen gala algunos de nuestros políticos cuando afirman que son partidos liberales de centro, sandeces de la mayor bajeza ética que por desgracia tenemos que escuchar.

A día de hoy se suelen relatar en los diversos textos de historia de la fabulosa E.S.O., estos acontecimientos a los niños de tempranas edades en los colegios.

Pues bien, es harto evidente que esta menudez histórica que sucedió hace unos 200 años se nos ha olvidado o nos la pela, tanto a la clase política porque han ignorado por completo y en su propio provecho el repetido principio de separación de poderes, consustancial a toda democracia -desde que se aprobara la controvertida y polémica Constitución que tenemos-, como a los ciudadanos, porque también lo ignoramos puesto que seguimos votando a los mismos caciques de siempre. Políticos que prometen el oro y el moro cuando se llenan la boca diciendo que van a reformar el sistema de elección de los jueces que componen el Consejo General del Poder Judicial y que van a respetar este principio liberal tan básico al que, por otro lado escupen y repelen cual demonio al agua bendita y al que juraron odio eterno, porque el poder no gusta de ser controlado. Así, vemos cómo en pleno siglo XXI aquellos problemas que, en principio habían resuelto magistralmente los revolucionarios franceses con un sistema inteligente de pesos y contrapesos, vuelven a aparecer hoy en día con una vigorosidad diabólica y de proporciones bíblicas, y los políticos mientras tanto vuelven a hacer suya aquella frase de “L’Etat, c’est moi” (“El Estado soy yo”).

La concentración de poder que existe en estos momentos en España es lo más parecido al absolutismo monárquico de Luis XVI, ya que sólo tenemos que ver cómo se designan los miembros del CGPJ, cómo se reciben donaciones para financiar los partidos, cómo se malgobierna y abusa a base de decretazo, cómo se nombran a los consejeros de las cajas de ahorro, cómo se indulta a determinados empresarios que han amasado fortunas a costa de la política mientras vemos cómo se estuvo a punto de denegar el mismo a una madre que había usado indebidamente una tarjeta de crédito para comprar comida y pañales a su hijo , cómo siguen existiendo privilegios como el aforamiento cuando hay que juzgar a determinados barones de la casta o cómo se hace un burdo ventriloquismo con la Fiscalía General del Estado !Qué bien se compadrea en la España de los 6 millones de parados!. !Cuanta razón tenía aquel que dijo aquello de que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla! Y es que es mucho más didáctico revivirla en nuestras carnes otra vez a ver si aprendemos la lección de una vez por todas, esta vez sí, y en las próximas elecciones generales nos compramos un buen bote de vaselina y agachamos nuestros culos en dirección a la Moncloa.

¿Y para qué mierda entonces se hizo la revolución francesa si aquí parece que ha resucitado Fernando VII aboliendo la Constitución de Cádiz y reinstaurando el absolutismo borbónico? Pues no lo se, pero seguro que a sus ilustrísimas señorías les parecería genial la creación del Ministerio de la Santa Inquisición así como de un Tribunal específico, de esos que tanto gustan, para la represión de todas estas ideas subversivas liberales. No estaría demás, hacer una gran hoguera la noche de San Juan con todos los libros de la Ilustración en todas las plazas de España y que todas estas memeces del liberalismo francés, de la revolución francesa o de los principios y demás chuminadas varias que deben regir una democracia, no se enseñaran en los colegios, y sería muy bueno para poder ser adoctrinados como súbditos del sistema, ya que al menos no creceríamos en el estúpido engaño democrático con el que hemos crecido muchos ciudadanos y así las próximas generaciones serían más manipulables y felices en su completa ignorancia.

¿Pero cómo es esto posible? En nuestra Constitución de 1978 viene reflejado claramente el principio de la separación de poderes que sostiene todo el tinglado y en la misma se dice que el poder legislativo se atribuye a las Cortes Generales (compuesta por Congreso y Senado), el poder ejecutivo lo ejerce el Gobierno y por último el poder judicial, lo ostenta el órgano de gobierno de los jueces, es decir, el Consejo General del Poder Judicial.

Así pues, si entendemos que una Constitución no es más que un pacto de los ciudadanos, en teoría titulares de la soberanía, que es un pacto social en el que intervinieron efectivamente todos los agentes políticos y que cristalizó en la sacrosanta Constitución española a través de un referéndum con altísima participación, escapa a la más elemental de todas las lógicas humanas porqué se vulnera de una manera tan flagrante el “sagrado” principio de la separación de poderes. Y es que, si efectivamente entendemos el camelo constitucional de 1978 como un pacto, un acuerdo o un contrato, no se entiende esa reconcentración de poder en el ejecutivo y su incumplimiento miserable por aquellos que lo detentan, cuando sólo es necesaria una simple lectura de la Constitución para darnos cuenta de este despótico incumplimiento. No hay que olvidar que cuando los términos de un contrato sean claros y no dejen lugar a dudas, habrá que estar a la interpretación literal de los mismos y no a la ingeniería jurídica de abogados del Estado o Tribunal Constitucional cuando interpretan nuestra Constitución al servicio del Gobierno de turno, ya que “si los términos del contrato son claros y no dejan duda sobre la intención de los contratantes se estará al sentido literal de sus cláusulas” (art. 1289 CC), así que la ignominia del sistema de nombramiento de jueces del CGPJ, entre otras cosas, apesta, por mucho que se esfuercen juristas de reconocido prestigio en sostener lo contrario.

Resumiendo, el pacto constitucional se está incumpliendo, pisoteando y violentando, y sus consecuencias las pagamos los de siempre, con lo que la voluntad soberana del iluso “constituyente” de 1978 queda reducida a una enorme desilusión, incumpliéndose por tanto dicho pacto por la clase política, en lo que constituye una mofa en toda regla hacia los revolucionarios franceses y hacia aquello que nos dijeron en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1798 de que “Toda sociedad en la que no esté asegurada la garantía de los derechos ni determinada la separación de poderes, carece de constitución”.

Sin embargo, todo esto es palabrería barata de bar de barrio, tertulia belenera de Tele 5, porque los españoles queremos y deseamos esta oligarquía política absolutista que no nos escucha, porque somos tan inteligentes que legitimamos cada cuatro años nuestro sistema democrático de cartón piedra con nuestro voto, sea votando al PP o al PSOE, y como poseídos por un extraño síndrome de Estocolmo, como si nuestra voluntad estuviera sustraída a todo razonamiento ilustrado y nos encontráramos todavía en el Antiguo Régimen, seguimos dando nuestra confianza a la casta, pese a que en todas las encuestas sean los políticos el principal problema de los españoles. Es lo que podríamos denominar como el Síndrome de Estocolmo Español porque adoramos a nuestros captores, aquellos que secuestraron la voluntad ciudadana y se mean cada día en el “Espíritu de las Leyes” del barón de Montesquieu gobernando de espaldas a los ciudadanos y concentrando el poder en el gobierno.

El principal problema de los españoles no son los políticos ni mucho menos, somos nosotros mismos el problema, los que alimentamos cada día esta patraña de sistema con tasas de desempleo y corrupción jamás vistas, con nuestras fobias, con nuestros miedos, con nuestra ignorancia, con nuestra podredumbre moral y nuestra cobardía política, porque sólo pensamos en nosotros mismos, en nuestro gran ego, el yo por encima de todo, el consumismo desmedido y egoísta, y nos importa una putísima mierda ver cómo cada día nos rodea más mierda, más miseria, más violencia, más paro, más suicidios de gente que se queda sin vivienda, más, más y más de todo lo malo y deleznable del ser humano, porque si fuéramos un poco valientes ya habríamos acabado hace tiempo con toda la calamidad socioeconómica que asola el país.

!Larga vida a Fernando VII! !Abajo la Constitución de Cádiz!!Viva el absolutismo político!

La libertad según Cervantes.

Cita

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

Don Quijote de la Mancha.